El Alto de pie, nunca de rodillas.
Me comentó un peatón de la protesta q en estas semanas se ligó de rebote una cena en el interior de una familia aymará que discutía acaloradamente en una mesa renga de Balbanera, con el vaivén de generaciones y el choque cultural que llevan los tiempos venideros en cada uno de ellos, lejos de la patria de las dinamitas.
Los bolivianos heredan, entre tantas cosas destacables de los pueblos originarios, el sentido de la reciprocidad, el que hace que se lo considera mas rico a un hombre por la cantidad de parientes a los que puede acudir que por el valor metálico.
Por eso eran tantos, con lazos sanguíneos y de alianza tan finamente elaborada en esa cena de piel curtida y un gringo colado entre ellos.
Estaban los aymarás cristianos y los mal llamados paganos. Los que adoraban a la virgen María, y los que rendían tributos a divinidades de antepasados andinos. El griterío se daba ya por la falsedad que se arraigaba en una u otra religión, por lo podrido de la raíz que les dio origen; el debate sobre las matanzas de los pueblos originarios en manos del barbudo que se impuso por medio del fuego, el metal y la cruz de Jesucristo. La otra llegó a ser la sostenedora de una compleja relación que privilegiaba al guerrero sacerdote adorador de las estrellas y las fieras por sobre el ayllu y su suerte precaria q tan sangrientamente lo pagaron por la zozobra de la superstición.
En este siglo se habla de esto como hace centenares de años atrás, pero en un momento de la comitiva se hizo lugar un orgulloso silencio, una bendición a los caídos en las calles bolivianas, para que vayan por el buen camino hacia cualquier lugar donde tengan que ir en el más allá. Misteriosamente en ese momento no creyeron en la justicia divina, ninguno, no ahora, que se sienten mas cerca de ajusticiar verdugos con sus propias manos ásperas de acelerado trabajo.
En este siglo se habla de esto como hace centenares de años atrás, pero en un momento de la comitiva se hizo lugar un orgulloso silencio, una bendición a los caídos en las calles bolivianas, para que vayan por el buen camino hacia cualquier lugar donde tengan que ir en el más allá. Misteriosamente en ese momento no creyeron en la justicia divina, ninguno, no ahora, que se sienten mas cerca de ajusticiar verdugos con sus propias manos ásperas de acelerado trabajo.

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