La afrenta de los hermanos Rojas
Si no fuese por las carnes mohosas y putrefactas envueltas tradicionalmente en maderas, este rincón de la ciudad sería un subterfugio de enamorados. Después de todo, a orillas del bocinazo y del taladro, acostado en un afable silencio horizontal, con el armoniosos canto de los pájaros y el cuchicheo de las hojas bailando al son de la brisa entre árboles robustos de esplendor y tintes verde amarillo, el pasto meticulosamente podado, acariciado por un fino rocío, el cementerio privado y de seres pudientes y ostentosos relumbra en armonía y suaves colores. Sin salientes, llano como un campo de fútbol, se extiende como un bosque profundo y tumultoso hacia el norte, rodeado por una ruta poca transitada, fuera de la distancia de la movilidad continua de la gente bonaerense. Mármol en algunos, piedras brillantes, cruces firmes, flores de aromas pomposos y maravillosas esculturas de ángeles petizos, santos, niños y mujeres con los torsos semidesnudos, con miradas solemnes, aunque rígidas, divinas y amables a la vista. Un cochecito sencillo, blanco, puro, con un motor suave, evitando desconcentrar la avenencia de los visitantes, lleva de un lado a otro a los familiares y amigos de los mortales que dejaron este mundo de vicios y egoísmos par rendir cuenta al portero santo y, si el haber es favorable para el cadáver novato, entrar al Reino de los Cielos.
Una bóveda se levanta notable entre las demás, como una capilla en diámetros cortos y finísima construcción, encolumnada con grandes ventanales violetas, verdes y amarillos, con marcos de madera tallada y puertas pesadas y laboriosamente magníficas. El sol de la tarde rodea cada una de las exageradas construcciones para consolar cuerpos sin almas y, en aquella, los rayos de luz se atreven más curiosos que nunca, deslizándose por dentro como no lo haría en las demás, hojeando una escena inescrupulosa e inmoral. Un frió seco nace desde adentro para arremolinarse con el calor de la tierra y la siesta veranil. Y en ese ambiente siempre sordo, un joder se atreve a violentar la concordia de los muertos. Como dos víboras que se comen una a otra y que se rechazan y ahorcan con brazos y piernas sudorosas, aquellos se voltean con fascinación exagerada. Con ojos resplandecientes e inicuos, salados de emoción transgresora, dos criaturas cerdas se revuelcan en el suelo, tibio por sus cuerpos parapetados, y abren grandes sus bocas, escupiéndose en sus transpiraciones torcidas. Amándose en desorden, la pareja ríe y jadea
sin vergüenza, con plena igualdad. La mujer se deja enjabonar en jugos y besos guarros. Él la empuja con fuerza y saña, golpeándole con cada choque genital su cabeza con la pared blanca de la bóveda. Ella se estira y sus manos, para evitar los golpes, se apoyan en la pared y también la empujan hacia él, un joven niño de golosos labios veinteañeros y cuerpo blanquecino. Las lenguas que ganan campo, y son mordidas, y se atacan, y enredan, mojan cuellos, pechos, muros. Allí están aquellos malversos con el infierno en sus sexos. Babeados y pegoteados, se sienten mareados de tanta blasfemia, pero ríen embriagados en su acción prohibida. Porque a la vista de aquellos muertos se siguen amando a pesar de todo; a pesar del viejo y su uniforme moral y disciplinado, a pesar de la vieja aristocrática, educada y sumisa, a pesar de la abuela charlatana y enfermiza de fealdad interna, a pesar del hijo de esas pestes que quiso chantajearlos para bloquear lo que sus miradas traían al verse en seducción secreta al círculo familiar. Todo, todo aquello ya no existe; sólo su amor, el de ellos dos. El que los mantiene.
sin vergüenza, con plena igualdad. La mujer se deja enjabonar en jugos y besos guarros. Él la empuja con fuerza y saña, golpeándole con cada choque genital su cabeza con la pared blanca de la bóveda. Ella se estira y sus manos, para evitar los golpes, se apoyan en la pared y también la empujan hacia él, un joven niño de golosos labios veinteañeros y cuerpo blanquecino. Las lenguas que ganan campo, y son mordidas, y se atacan, y enredan, mojan cuellos, pechos, muros. Allí están aquellos malversos con el infierno en sus sexos. Babeados y pegoteados, se sienten mareados de tanta blasfemia, pero ríen embriagados en su acción prohibida. Porque a la vista de aquellos muertos se siguen amando a pesar de todo; a pesar del viejo y su uniforme moral y disciplinado, a pesar de la vieja aristocrática, educada y sumisa, a pesar de la abuela charlatana y enfermiza de fealdad interna, a pesar del hijo de esas pestes que quiso chantajearlos para bloquear lo que sus miradas traían al verse en seducción secreta al círculo familiar. Todo, todo aquello ya no existe; sólo su amor, el de ellos dos. El que los mantiene.
Que se siguan curtiendo, mirándose fijo con deleite y egoísmo de tenerse para sí y nadie más. Porque quien osó separarlos, como la familia Rojas, yacerá bajo el fuego del verdadero pecado que ellos concibieron con ardor y recelo. Nadie pudo sospechar de los cándidos jóvenes Juan Ignacio y Mariela Rojas; los mellizos Rojas.
Mario L. Samizdat

